Abraham-Louis Breguet los diseñó para resolver un problema práctico: en una esfera guillochada, una aguja sólida se perdía en el patrón grabado. La solución fue quitar metal en la punta, dejando un círculo perforado — la pomme évidée — con una punta fina que sobresale del círculo. Esa punta indica la hora con precisión; el círculo hueco alivia visualmente sin sacrificar la legibilidad.
La forma correcta tiene tres elementos distintos: el vástago ahusado, el círculo excéntrico perforado, y la cola puntiaguda que se extiende más allá del círculo. Cuando falta uno de los tres o está desproporcionado, el resultado es una aguja inspirada en el estilo Breguet, no una verdadera aguja Breguet. La diferencia se ve a simple vista: en las copias económicas el círculo está centrado, o la cola es demasiado corta y maciza.
El acabado tradicional es el azulado al calor: las agujas de acero se calientan hasta alcanzar el azul óxido, un color que varía del violeta al azul cielo según la temperatura. El proceso se realiza a mano, pieza por pieza, y no hay forma de lograr el mismo resultado con tratamientos químicos o galvánicos: el tono es diferente, menos profundo. Casas como la propia Breguet, RGM y Kari Voutilainen continúan azulando a llama; otros usan rodio u oro para variantes no tradicionales pero documentadas — véase las agujas en oro rosa del Classique 7637.
Cartier usa las mismas agujas en el Santos-Dumont y las llama pomme; H. Moser las adopta con discreción; Daniel Roth las había incorporado en su gramática estética. Es uno de los muy pocos elementos del diseño relojero del siglo dieciocho que ha atravesado dos siglos y medio ileso sin convertirse en mera cita: sigue funcionando, porque la lógica constructiva detrás es sólida.
Un detalle que se nota solo en el banco: en las agujas de las primeras producciones del siglo diecinueve el vástago es a menudo ligeramente cóncavo en sección, no plano. En las producciones modernas esta concavidad casi siempre desaparece. No es incorrecto, pero quien lo busca sabe reconocerlo.